Los títulos de los libros deben de hacer reflexionar al lector y despertar su curiosidad más allá de simplemente anunciar de qué trata el texto. Eso es algo que, como escritor, he aprendido a la brava. Siempre he sido pésimo con los títulos. Cosa que espero me vaya mejor con mi último título publicado: Ojos como de hombre.

            Pero Yolanda Arroyo Pizarro logró agarrarme con el título de su novela Caparazones. Desde que lo adquirí la noche de la presentación en Mágica, no pude evitar mirar esa palabra escrita en blanco sobre un fondo mate y reflexionar sobre ella. Lo primero que me vino a la mente fueron las tortugas cuyos caparazones son íconos de cuentos infantiles. Pero los camarones también tienen caparazón y los cangrejos y el carrucho y las almejas y algunos mamíferos como el armadillo…

            Una de las definiciones que ofrece la Real Academia de la Lengua Española para caparazón es: “Cubierta que se pone encima de algunas cosas para su defensa”. Pensé entonces que Yolanda había escrito sobre las defensas, esas defensas que todos tenemos y que son tan diferentes las unas de las otras. Porque todos necesitamos defendernos, a veces de nosotros mismos, de la familia, de la pareja, de los hijos, de los padres, de la sociedad, del jefe, del gobierno, de los vecinos, de los compañeros de escuela o trabajo, de la policía, del pasado, del futuro, de los recuerdos, de la imaginación, de nuestras emociones…

            Pero los seres humanos no crecemos caparazones. Somos, físicamente, un animal frágil que estuvimos siempre al borde de la extinción hasta que nuestro celebro se desarrollo tanto que fuimos capaces de recompensar con el ingenio lo que carecíamos anatómicamente. Pero, es en ese otro universo paralelo de nuestro sistema neurológico, tan complejo como el mismo universo que nos habita afuera, en el que se desarrollan esos caparazones. Porque tenemos la capacidad de distinguir el “yo” y diferenciarlo del “tú”. Y el “yo” siempre necesita defenderse del “tú”. Es esa singularidad, que luego se expande para transformase en pareja, familia, clan, cultura, país, religión, nación y civilización la que nos hace crear los caparazones personales y más tarde la lanza, la pistola, el cañón, el tanque y la bomba nuclear.

Leída la novela, me parece que los caparazones a los que Yolanda alude en el texto son otros. Veo caparazones como metáforas de las habitaciones-madrigueras que construimos para sentirnos cómodos. De las que no queremos salir aunque ardan en fuego consumidor y nos caigan encima. El feng shui al que recorremos para crear espacios de protección del mundo que nos rodea. A los que tenemos que regresar no importa cuán lejos nademos; o los que nunca abandonamos aunque salgamos físicamente de ellos.

Veo caparazones como estaciones; como las paradas que hacemos en el viaje cósmico. Como las migraciones físicas, emocionales y espirituales que hacemos en nuestra vida. “El tiempo”, concepto explorado en la novela, “y su cortejo instruido, inteligente”, emula el viaje “de las tortugas en alta mar”. Los antiguos chinos tal vez tenían razón al dibujar el mundo descansando sobre el caparazón de una tortuga.

Y al igual que ellas, las mujeres de esta novela van y viene, pero siempre regresan a desovar en la orilla que las vio nacer, la orilla que crea sus identidades. Aunque sean identidades ambivalentes, confusas y traumáticas.

Para la protagonista las mujeres son como esas tortugas. Tenemos primero a su madre “que la parió” pero “dejó a expensas de otros”. Como lo hacen esos reptiles que depositan sus huevos en la arena de la playa y se vuelven al mar despreocupadas. Nessa se siente como esas “especies menos afortunadas que tiene caparazones”. Al igual que los careyes dejan sus huevos y crías a la merced de depredadores, ella fue dejada. Depredadores machos en busca de carne fresca y joven. Pero, contrario a su madre, Nessa espera siempre en la playa, no abandona, a ella la abandonan en espera siempre de un regreso. Alexia, la mujer que ama, aunque sea una relación tóxica, se pasa abandonándola en la orilla, en su caparazón, en esa habitación-caparazón, en el nido y Nessa la acepta cada vez que regresa. “Por eso acepto de nuevo al que se va y luego regresa.”

Siendo esta una novela queer-lésbica, resulta interesante que las motivaciones, temores, causas y efectos que afligen a estos personajes no sean, ¿cómo puedo decir?, raros. Cambia los nombres y el género de un personaje y le podemos quitar el apodo queer-lésbico. Y eso es fantástico, porque a veces creemos que… bueno, a veces construimos estos mitos alrededor de las relaciones entre personas del mismo sexo de que son diferentes a las relaciones entre personas de diferentes sexos; como si tuviesen la capacidad de sentir y experimentar emociones superiores o desiguales. Resulta que no, resulta que las lesbianas también llevan a sus relaciones los traumas de la niñez, los celos y las mentiras. Que somos capaces de tener una doble vida, una querida o querido, que corneamos y jugamos a quién posee y quién es el poseído.

El erotismo femenino y lésbico en esta novela corre con una naturalidad casi inesperada, sin excusas implícitas, sin explicaciones. “Se mete la mano mientras conduce, sin frenar, sin detenerse, y en medio de su viaje de automóvil se corre, se viene, le estalla un orgasmo en plena vía…” (126). Viene a ocupar en la psiquis del lector el erotismo culturalmente reservado a los machos que se vienen y se corren en el carro, que hacen paradas inesperadas en la casa o en un baño para masturbarse.

Yolanda crea para esta novela una voz narrativa intradiegética y homodiegética. Nessa es la protagonista y narradora de su relación. La visión que tenemos está limitada a un universo propio, a sus observaciones, pensamientos e ideas. “el simple cuadro de una galería o un museo” (147). A la par con esta voz narrativa, como un fluir de consciencia, tenemos una trama que no es lineal. El lector tiene que montarla como un rompecabezas. “El tiempo no es una línea recta, ni tampoco se traslada en paralelos. Es una extensa curva que va zigzagueando a comodidad” (18).   La voz narrativa y la estructura funcionan perfectamente.

Sumémosle a la ecuación el tiempo presente en que se narra que ayuda a entender que toda la narración es casi en tiempo cero, en un instante, en un fugaz pensamiento, en un parpadeo. También los recursos retóricos más comunes en la poesía como las anáforas “no ha llegado todavía” y “porque desde pequeña me llamaron la atención las niñas…”; y tenemos frente a nosotros un texto consumadamente organizado. No solamente tenemos la historia narrada, tenemos el cuadro mental del momento, de la angustia, de la espera.

Valió la pena esperar por la primera novela lésbica puertorriqueña. Un texto que más allá de marcar un hito literario, consagra a Yolanda como escritora. Yolanda no solamente narra atrevidamente, sino que innova, adultera (palabra muy de moda) la formula. Resulta entonces refrescante leer un texto en que contenido y forma marcan la diferencia.

 


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